|
|
|
|
|
INFLACIÓN.
Término utilizado para describir un aumento o una disminución del valor del
dinero, en relación a la cantidad de bienes y servicios que se pueden
comprar con ese dinero. La inflación es la continua y persistente subida del
nivel general de precios y se mide mediante un índice del coste de diversos
bienes y servicios. Los aumentos reiterados de los precios erosionan el
poder adquisitivo del dinero y de los demás activos financieros que tienen
valores fijos, creando así serias distorsiones económicas e incertidumbre.
La inflación es un fenómeno que se produce cuando las presiones económicas
actuales y la anticipación de los acontecimientos futuros hacen que la
demanda de bienes y servicios sea superior
a la oferta disponible de dichos bienes y servicios a los precios actuales,
o cuando la oferta disponible está limitada por una escasa productividad o
por restricciones del mercado. Estos aumentos persistentes de los precios
estaban, históricamente, vinculados a las guerras, hambrunas,
inestabilidades políticas y a otros hechos concretos.
TIPOS DE INFLACIÓN. Cuando la subida de los precios sigue una
tendencia gradual y lenta,
con una media anual de unos pocos puntos porcentuales, no se considera que
esta inflación sea una seria amenaza para el progreso económico y social.
Puede incluso llegar a estimular la actividad económica: la sensación de que
la renta personal está creciendo por encima de la productividad puede
estimular el consumo; la inversión en la compra de viviendas puede aumentar,
al anticiparse la apreciación futura de los precios; la inversión de las
empresas de negocios en fábricas y maquinaria puede crecer, puesto que los
precios aumentan por
encima de los costes, y los individuos, las empresas y los gobiernos que
piden prestado descubren que pagarán los préstamos con dinero que tendrá un
menor poder adquisitivo, por lo que tendrán un mayor incentivo para pedir
dinero prestado. Más preocupante resulta el crecimiento de la inflación que
implica mayores subidas de precios, con medias anuales entre el 10 y el 30%
en algunos países industrializados, e incluso del cien por cien en algunos
países en vías de desarrollo. La inflación crónica tiende a perpetuarse,
aumentando aún más a medida que las distorsiones económicas y las
expectativas pesimistas se van acumulando. Para hacer frente a esta
inflación crónica se frenan las actividades normales de la economía: los
consumidores compran bienes y servicios para evitar los precios futuros; la
especulación sobre la propiedad aumenta; las empresas se centran en
inversiones a corto plazo; los incentivos para ahorrar, adquirir pólizas de
seguros, planes de pensiones, o bonos a largo
plazo son menores puesto que la inflación erosiona su rentabilidad futura;
los gobiernos aumentan sus gastos corrientes anticipándose a menores
ingresos en el futuro; los países que dependen de sus exportaciones pierden
ventajas competitivas en el comercio internacional, lo que les obliga a
emprender medidas proteccionistas y controles de la unidad monetaria
arbitrarios.
Bajo su forma más extrema, los aumentos persistentes de los precios pueden
convertirse en lo que se denomina hiperinflación, provocando la crisis de
todo el sistema económico. La hiperinflación que se produjo en Alemania tras
la I Guerra Mundial, por ejemplo, provocó que la cantidad de dinero en
circulación aumentara más de siete mil millones de veces, y que los precios
se multiplicaran por más de diez mil millones en 16 meses antes de noviembre
de 1923. Otros ejemplos de hiperinflación son los fenómenos que se
produjeron en Estados Unidos y en Francia a finales del siglo XVIII; en la
Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) y en Austria tras la I
Guerra Mundial; en Hungría, China y Grecia tras la II Guerra Mundial; y en
algunos países en vías de desarrollo en los últimos años. Esta situación fue
particularmente intensa en algunos países de América Latina, como México,
Argentina o Brasil, a partir de la década de 1960. Cuando se produce una
hiperinflación, el crecimiento del dinero y de los créditos aumenta de forma
explosiva, destruyendo los vínculos con los activos
reales y obligando a volver a complejos acuerdos de trueque. A medida que
los gobiernos intentan hacer frente a los pagos de los programas de gasto
incrementados, expandiendo la demanda, la financiación inflacionista de los
déficit presupuestarios distorsiona la estabilidad económica, social y
política. Una forma de inflación de importancia histórica fue la que se
produjo en la época del bimetalismo y del patrón oro que consistía en la
deflación monetaria cuando el gobernante reducía la cantidad de metal
precioso que llevaban las monedas. Esta actuación permitía asegurar al
Estado beneficios a corto plazo, puesto que éste podía utilizar la misma
cantidad de metales preciosos para acuñar más monedas, pero, a largo plazo,
esto aumentaba el nivel general de precios debido a la ley de Gresham según
la cual "el dinero malo desplaza al bueno". Estas deflaciones
monetarias solían deberse a los esfuerzos bélicos de los gobiernos, lo cual
explica parcialmente la correlación de la inflación con la inestabilidad
política. La entrada de plata en Europa proveniente del Nuevo Mundo en el
siglo XVI también se asocia con los aumentos graduales de los precios que se
produjeron en aquella época, cuando el valor de los metales preciosos tendía
a disminuir, pero esta teoría no es aceptada de forma general. En la
actualidad, los gobiernos hacen lo mismo cuando emiten más dinero del
necesario, o cuando, de cualquier otra forma, modifican el valor del dinero. |
Articulo enviado por: Julian Quiñoz, México
|
|